El mejor miedo que se puede tener de niña es a los tiburones: están lejos, para vivir necesitan profundidad y agua, no entran en la bañadera.
Todo esto es verdad si no existiera la imaginación. Porque la imaginación te puede poner un gran tiburón, hambriento y de color azul metálico justo ahí en la parte de la pileta dónde no hacés pie y la sombra del árbol crea una oscuridad peligrosa.
Allí estaba él siempre, mirándome desde abajo, casi abriendo la boca cuando yo me preparaba en el borde de la pile para tirarme de bomba. Con tiburón y todo yo seguía metiéndome al agua. Los días de mucho miedo al menos me sentaba en la escalera y chapoteaba, controlando todos los costados para que no apareciera de sopresa y me comiera un pie.
Contarle a los demás de la existencia del tiburón hubiese puesto en evidencia mi cobardía, por lo que mantuve a la bestia hambrienta de la pileta en secreto. Tuvieron que pasar muchos años hasta que yo pudiera nadar sin miedo. Y aún hoy, los días de aguas revueltas en el mar -si no hay nadie bañándose cerca mío- cruzan por mi cabeza reflejos de sus filosos dientes.
