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Terra
La Coctelera

Mi tiburón

El mejor miedo que se puede tener de niña es a los tiburones: están lejos, para vivir necesitan profundidad y agua, no entran en la bañadera.

Todo esto es verdad si no existiera la imaginación. Porque la imaginación te puede poner un gran tiburón, hambriento y de color azul metálico justo ahí en la parte de la pileta dónde no hacés pie y la sombra del árbol crea una oscuridad peligrosa.

Allí estaba él siempre, mirándome desde abajo, casi abriendo la boca cuando yo me preparaba en el borde de la pile para tirarme de bomba. Con tiburón y todo yo seguía metiéndome al agua. Los días de mucho miedo al menos me sentaba en la escalera y chapoteaba, controlando todos los costados para que no apareciera de sopresa y me comiera un pie.

Contarle a los demás de la existencia del tiburón hubiese puesto en evidencia mi cobardía, por lo que mantuve a la bestia hambrienta de la pileta en secreto. Tuvieron que pasar muchos años hasta que yo pudiera nadar sin miedo. Y aún hoy, los días de aguas revueltas en el mar -si no hay nadie bañándose cerca mío- cruzan por mi cabeza reflejos de sus filosos dientes.

La del 9

Si no fuera SuperNiña y pudiera ser la señora sentada en la mesa que queda frente a la barra en diagonal a la puerta, lo veria así:

Mi hermana sigue contándome todo lo que está dispuesta a hacer para recuperar a su marido, el bar está lleno y el café se me enfrió.

En la barra un hombre de casi cuarenta lee el diario entre cansado y aburrido. Una niña lo acompaña frente a un tostado mixto de miga y un gran vaso de coca cola. Parece su única hija de un matrimonio que lo entristece.

La niña sacude su flequillo dorado emocionada por recordar las tablas, tomame la del 7, le pide al padre. El padre accede, pero por última vez: ¿7 x 5? Treinta y cienco grita eufórica la vocecita dorada y finita de la SuperNiña que tambalea en el taburte de la barra. Seguro que el taburete es su preferido, mucho más divertido que una silla cualquiera de bar.

¿7 x 7? Pregunta el padre...Cuarenta y nueve grita la niña que manotea el cuero gastado del borde de la barra para evitar que el tambaleteo de su super taburete casi como una torre la tire al piso.

¿7 x 9? No, esa no, con 9 no. Dale, vos podés, pensá. No, la vocecita se niega, con 9 no. Practiquemos la del 9, se entusiasma el padre a quien le divierten más los errores que los aciertos. Pucherea la SuperNiña pero accede a encarar el desafío. Despacio, pide. Sí, concede el padre.

Del 9 x 1 al 9 x 5 todo va bien hasta que... ¿9 x 6?, lapidario pregunta el hombre. La pequeña cara de luna llena dorada de la SuperNiña deja de brillar, no la sabe, no, no la sabe... y sabe que no va a poder encontrar respuesta en su cabezota que se parece a su cajón de juguetes todo revuelto.

¡Cincuenta y cuatro!, le grito desde mi mesa de enfrente. La superniña me mira sorprendida, emocionada, salvada. Su cara de luna llena se transforma en rojo tomate y sonriente sambulle sus ojos tímidos en su gran vaso de coca cola.

El sol en la cara

Hay minutos que pueden entrar dentro de la categoría de verdadera conjunción maravillosa de segundos.

Amanecía sobre una estación de tren un par de horas antes que los trenes andaran, y ahí estabamos él y yo, parados, solos, esperando.

El primer rayo de sol se dibuja y su dedo lo sigue hasta tocar mi cara.

Tocada por mi sol cierro los ojos y el deseo es tan grande que sostengo con las ganas una eternidad su dedo en mi cara.

Un beso hubiese sido el final perfecto. Si un yo también no se me hubiese atascado en la garganta.

Tío Buendía

Despertar entre sombras de persiana baja y ojos pegados de sueño. Un párpado logra elevarse y aparece en la ranura la tercera parte de un tío grande (¡¡tiene 17!!), mi preferido. Hay un pedazo de su nariz, la boca grandota de risa y muchos dientes. Todo parece más del universo de los dormidos que de los despiertos, pero una mano me hace cosquillas humanas de vida real. Levanto la cabeza de la almohada.
La boca de mi tío se mueve, dice feliz cumple nenita. Mi ojo se abre más y puedo ver que además de mi tío lindo hay un paquete. El lo abre delante mío, ruido a papel crujiente y bollo que salta para atrás. Aparece en la palma de su mano una caja pequeña que me ofrece. Levanto la tapa y empieza a sonar mi primera cajita de música.

Que la melodía haya sido de Richard Cleiderman y que no fuera ni cerca el día de mi cumple no alcanzan para quitarle el encanto a la mejor mañana del mundo.

Vidrio picado

Adultos hablan. Adultos hablan sin parar, contentos de verse después de un tiempo, riendo a manidbula batiente, qué inteligente nuestra charla, qué humor sofisticado tenemos, qué dos guapos amigos geniales somos.

Yo, superniña, hija de una de ellos, soportando estúpidos chistes sobre culos de minas, cosas que dice la gente grande pensante, cosas que palabra a palabra me alejaban de mi cama (esa bella comodidad de colchón flojo, caliente y finamente amoldado por mi super cuerpor), que quedaba a un remise y un tren de distancia.

¿Acaso se me notaba el sopor de niña agotada que mañana debe madrugar para alistarse a la tortura escolar? NUNCA. Firme, quieta, tiesa. Rostro con una apenas leve sonrisa de acá estoy pero no se preocupen que no entiendo nada las pelotudeces que dicen porque soy niña y los niños somos pelutoditos sordos.

SuperNiña super super, sin bostezar, sin reclamar, sin caprichos... y sin poder cerrar los dedos para agarrar la bola de acero de tan buen diseño que se resbala para caer directo al centro de la artística mesa de living, transformando su placa de vidrio opaco en vidrio picado.

Rodó la bola y estalló el vidrio en mil pedazos pero no hubo heridos, ni lágrimas, y nadie oyó de mi boca un solo "cuándo nos vamos".

Me queda una vida.

10 años, diciembre, final de clases. Futuro próximo: segundo cambio de escuela en marzo. En mi cabeza: nuevo uniforme, lápices nuevos y nuevos desconocidos con alto potencial de maravillosos.

En mi casa, amigas que invité para autodespedirme. Cómo decidí invitarlas a ellas tres, no sé. Luciana (ajjj), Guada (mmmsí), la tercera no sé quién era: una sombra con pelo que caminaba detrás de Guada subiendo la escalera de esa casa enorme que me mataba de miedo.

Una sensación en los dedos es la impresión más fuerte que guardo de esa tarde: botones.

Llegó la hora del final de mi tarde de despedida. Debía bajar a saludar a las chicas y a la madre que vino a buscarlas. Pero no. El marco de la ventana estaba cómodo, y mis dedos tecleaban en un jueguito -traído de USA por no sé quién- haciendo subir, correr, saltar y bajar a un mono. Evité mirar para abajo y tener que decir chau desde la ventana. Escuchaba a lo lejos la voz de mamá hablando con la otra madre, imaginaba las chicas ya subidas a la parte de atrás del auto y me lo perdía todo pensando que me quedaba una vida y que no iba a tener otra oportunidad como ésa para hacer que el mono agarre la soga y salte. En cambio a ellas, mis amigas, las podía llamar y ver cuando quisiera.